martes, 14 de enero de 2014

REGRESIÓN HERÁLDICA

La santidad del papa Pablo VI, en un gesto que sin duda le honró ante la humanidad y ante la corte celestial, entregó su tiara pontificia a una parroquia de Brasil asentada en un barrio desfavorecido con el ánimo de que al venderla obtuvieran fondos con los que aliviar la pobreza extrema que anidaba en el entorno. La tiara no sólo no fue vendida sino que aún permanece en aquella parroquia.
Ahondando en el asunto, antes de concluir sus días en olor de santidad, reformó el ceremonial de la corte del Estado Vaticano estableciendo a perpetuidad que sus sucesores en la sede de san Pedro no fueran coronados. 
El santo padre Benedicto XVI, sin recurrir a ley alguna, obvió el uso de la tiara pontificia en las armas que adoptó al alcanzar la cátedra de la ciudad de Roma.
Y por fin el actual pontífice máximo, Francisco, no ha sido coronado obedeciendo a su antecesor Pablo VI; no ha dispuesto la tiara sobre sus armas manteniendo la costumbre establecida por Benedicto XVI; y profundizando en esta persecución contra las ancestrales tradiciones eclesiásticas, no ha ordenado bordar sus armas en la estola que cuelga de su faja, tal como han practicado desde inmemorial sus antecesores.
De mantenerse esta regresión, el próximo papa establecerá como pecado mortal el uso de escudos para todos los fieles católicos.