domingo, 16 de febrero de 2014

VIAJE

Hoy únicamente pretendo exponer una fotografía. La dispondré al final del texto.
En los años inmediatamente posteriores a la anexión de estos reinos a la Unión Europea se advirtió un fuerte desarrollo económico merced a las ingentes subvenciones que arribaron a suelo patrio.
Una de las manifestaciones más evidentes de ese fuerte despegue económico fue la mejora de las comunicaciones, en especial las principales carreteras del Estado. Años más tarde, el avance se materializó en los trenes de alta velocidad.
Y España entera vio acercarse sus extremos. Las regiones se acercaron. Se aproximaron puesto que las distancias, considerando el tiempo real empleado, se acortaron. Sí, efectivamente improbable lector, desde antes existía el avión, pero el avión, entonces como hoy, es un medio transporte obsoleto, caro, incómodo y humillante.
Me explicaré. El tiempo empleado en volar de Madrid a Sevilla es de apenas tres cuartos de hora, es verdad, pero es necesario añadir algo más: el comienzo requiere viajar en taxi hasta el aeropuerto. Humillarse ante unos guardas de seguridad que no han asimilado aún el concepto de cortesía. Quedarse casi en cueros porque hasta la hebilla del cinturón hace saltar las alarmas. Emplear un par de horas en visitar las costosas tiendas que pueblan las terminales porque los retrasos son endémicos. Volar, con todo lo que supone: apreturas en unos asientos ideados para pigmeos; azaflautas que creen descender de alta cuna y ponen en evidencia su baja estofa con su agrio trato; pagar hasta por un vaso de agua; sensaciones de caída inmediatamente después del despegue; y baches de aire a lo largo de la ruta. Cuando por fin se pone pie en tierra firme ya únicamente resta esperar casi una hora para encontrar la maltratada maleta en una cinta en la que cualquier desaprensivo puede adueñarse de lo ajeno y de nuevo tomar un taxi para alcanzar la ciudad de destino. Conclusión: incomodidades de todos los pelajes y horas perdidas.
En definitiva, el recurso al medio de transporte aéreo para desplazarse a otra ciudad peninsular es únicamente aceptable cuando se desea cumplir la penitencia impuesta por un confesor que haya advertido un grave pecado de soberbia.
Sí, es cierto, me voy por las ramas. Estaba explicando hace unos párrafos que España entera se acercó a sí misma con la mejora de las carreteras y la implantación de los trenes veloces. Pero no fue únicamente esta árida península la que se benefició de la reducción de los tiempos empleados en el transporte de una ciudad a otra. Europa entera acercó sus extremos.
La posibilidad de realizar viajes relacionados con el ocio al resto de Europa es hoy una feliz realidad. Realidad solamente empañada por la incapacidad de afrontar cualquier gasto que vaya más allá de la subsistencia para la ya casi inexistente clase media española.
En cualquier caso la posibilidad existe. Podrán aprovecharla al menos quienes nos representan en la cámara creada para la redacción de las leyes que, a buen seguro, gozarán de una economía sin duda saneada.
Vuelvo a irme por las ramas. Es preferible no reflexionar cuando se redacta porque es fácil recalar en campos vedados. Vuelvo al hilo: Europa entera se ha acercado. Hoy, viajar a la capital de Inglaterra, (ya, ya lo sé, también del Reino Unido), es más sencillo al existir un túnel, que une la Bretaña continental con la insular, bajo el mar del canal que se titula como la patria de don Quijote.
Visitar Londres (no diré London porque redacto en castellano, al contrario que los vascongados que nombran Euskadi en cualquier conversación mantenida en la lengua de don Alonso Quijano), es hoy más sencillo al poder incluso arribar en el propio automóvil o sobre todo en el muy cómodo (y con cafetería) tren veloz.
Londres cuenta con visitas inexcusables: Buckingham, con su folclórico relevo de la guardia atestado de japoneses y de sus cámaras de video; el museo de cera de madame Tussauds, con sus inevitables nauseas ante lo repulsivo de sus escenas; Harrods, que confirma que nuestro comercio estrella, el cortinglés vaya, posee mucha más distinción; las casas del parlamento, con toda la antigüedad que le imprimen sus ya sesenta años de vida desde que se reconstruyeran tras la segunda guerra mundial; la catedral de san Pablo, flojo remedo de san Pedro de Roma; y el Colegio de Armas.
El Colegio de Armas se encuentra a escasos cien metros de la catedral de san Pablo. La entrada es gratuita. Lamentablemente, si no se ha concertado previamente una difícil visita guiada, únicamente podrá acceder al patio de entrada y a la gran sala que fuera juzgado de armas y que hoy sirve como breve museo.
En esta última cámara podrá observar: algunas cimeras que se exhiben permanentemente luciendo todos sus esmaltes; la sede desde la que el conde-mariscal, el tradicionalmente católico duque de Norfolk, presidía los juicios sobre litigios heráldicos en nombre del monarca; y los estandartes de cada uno de los oficiales de armas que conforman el colegio.
Concluyo con la imagen que ha dado lugar a esta tediosa entrada. La fotografía que expone los horarios de visitas de tan alta institución para que, en su próxima visita a Inglaterra improbable lector, no deje de acudir a este significado lugar.